El Cementerio de las Ideas Perdidas
miércoles 24 de septiembre de 2008
Revista El Fracaso
Amigos y amigas, como habrán notado, este blog fracasó.
Por ello, he acometido en otro fracaso: en una revista universitaria, financiada con un fondo de la P. Universidad Católica de Valparaíso.
Los invito a visitar la edición web en el www.fracaso.cl
Buenos artículos, harto humor y excelentes energías para concretar un proyecto que hace largo tiempo rondaba mi cabecilla y que por fin estamos cumpliendo.
Cuídense mucho, les deseo lo mejor y no se olviden de visitarnos.
¡Ah, sí! Este video es sobre el carrete donde "surgió" la idea, desde el fondo de una botella... jajaja... adiós.
sábado 25 de agosto de 2007
Trctor, tractr, tractor, ni siquiera lo puedo escribir bien
En ese momento estaba menos ebrio de lo que estoy ahora. Unos siete kilómetros nos separaban de Con Cón y, por supuesto, mis acompañantes se encontraban bebiendo vodka con jugo de naranja. Yo disfrutaba de la música, no podía hacer nada más, puesto que me había propuesto no beber alcohol mientras manejaba.
Se trataba de una promesa personal que había roto hace unos tres minutos, cuando tomé algunos sorbitos del vaso de mi abogado, que gritaba de manera exagerada, aunque debo admitir que tenía todo el estilo de un rockero en decadencia, las canciones que Page y Plant animaban a las once de la mañana de ese fatídico domingo que se nos ocurrió arrancar de nuestros hogares, de nuestras habitaciones, de nuestro queridos aposentos para enfrentarnos a un destino que estaba remotamente cercano a cualquier circunstancia que imaginábamos.
Sánchez aullaba también como un verdadero macaco, absolutamente ensimismado en una performance de científico loco que acaba de inventar la cura para los males de la humanidad. Vociferaba los vicios de este planeta con tal entereza que a veces debía mirar de reojo el espejo para verlo mover sus manos, arreglarse los lentes, y explicar cómo se podía cambiar todo.
Al final de eso se trataba, pensaba, de cambiar todo, de alejarnos de aquello que nos preocupaba en la rutina diaria y de sumergirnos bajo un sentimiento de relatividad frente a la existencia de tal magnitud que nos permitiera hacer cualquier cosa, a cualquier costo…
Justamente estos pensamientos hacen que me ponga a escribir a las tres de la mañana cuando mi amigo espera a que vuelva a beber con él (pausa). (Más pausas). (Visita al baño). Y de repente aparece un tractor delante de nosotros, que iba a unos veinte kilómetros por hora.
Sortear este obstáculo parecía fácil, si no es por la poca distancia entre la máquina y el bandejón central que partía la pista y la disminuía a una sola pista por lado. Evidentemente, en este caso existen dos opciones: acelerar o frenar.
Supongo muchos de ustedes habrán presenciado a estas dos caricaturas de Carabineros (uno chico y gordito y el otro largo y espigado, motociclistas al parecer) que aparecen en varios carteles de prevención de las autoridades en carreteras. Siempre dicen algo así como “conduzca a la defensiva”. Nunca supe qué querían decir, pero sólo conozco la regla de quienes hemos nadado en el mar alguna vez: “Si te enfrentas a una ola, o corres a toda velocidad para meterte por debajo de ella, o arrancas como una gallina en celos hasta el lugar donde se bañan los infantes”. Pues bien, apreté el acelerador a fondo.
Siempre supe que iba a pasar sin ningún tipo de inconvenientes. Siempre tuve esa seguridad de quien va al volante y conoce su automóvil de que pasaríamos sin inconvenientes. Pero este sentimiento no acompañaba a mis compañeros quienes observaban con una palidez y miedo evidentes en sus rostros cómo los conducía irremediablemente a sus muertes. Un final prematuro, por cierto, a sus vidas llenas de ilusiones inalcanzables para sus existencias en el último rincón de este maldito planeta.
Es que cuando uno vive en Valparaíso nunca piensa que se va a morir por no adelantar de manera adecuada a un tractor. Llegó un punto de esta maniobra en la cual era una certeza que nos volcaríamos al chocar con el bandejón central, dar vueltas y saltar por los aires, y no de los buenos, por supuesto. Nuestra travesía había acabado a menos de veinte minutos de haberse iniciado. Allí estábamos, cuatro locos de remate, el peor de ellos al volante, cometiendo una mala decisión que les costó la vida a todos sus pasajeros. Me sentía culpable, más culpable que nunca. No sólo por el hecho mismo de tratar de adelantar un tractor en esas condiciones, sino de haber aceptado esta misión en primer lugar. Mi mayor experiencia en viajes largos había sido una hora y media hasta Santiago. Nada más. Y ahora enfrentado a una aventura que incluía atravesar el continente de un océano a otro, sorteando todos los peligros propios del tercer mundo, como adelantar maquinaria rural.
Y sentí la piel de gallina. Sí, lo confieso. Y pensé “Puta la weá, siempre me resultaron mal las cosas”, casi como un epitafio para mi tumba. Tan solo diez metros nos separaban del final de la pista y el bandejón, pero nunca dejé de acelerar hasta fondo y logramos adelantar el puto tractor. Hasta hoy puedo ver el trazo que las ruedas hicieron para esquivar los obstáculos y sortear la maniobra más difícil de mi vida.
Una maniobra innecesaria, por cierto. Ya a veinte minutos de viaje esquivamos la muerte misma. Ni siquiera deseaba imaginar lo que seguiría. Tampoco lo deseo pensar ahora. Tomo otro trago para tomar la experiencia como algo gracioso y digno de publicación en un blog. ¡Qué estupido!
sábado 21 de julio de 2007
Cuatro borrachos en una carretera hacia el Atlántico
Solicito uno a mi abogado que mezclaba el vodka con jugo de naranja para repartirlo con los otros dos pasajeros. Yo no bebía, pues iba al volante. Nadie más sabía conducir. Admito que la situación era incómoda, pero asumo este tipo de compromisos casi sin objeción.
Además, me gustaba la idea de estar a cargo de esta expedición. No confío en los demás para estar sobre mí en situaciones complicadas. Quizás por eso me meto en tantos líos: una cosa es estar en desacuerdo y otra muy distinta a hacerse cargo. Porque de seguro esta misión es riesgosa, claro que sí. En el fondo de nuestras conciencias teníamos la certeza de enfrentarnos a una idea descabellada: atravesar el continente, de mar a mar, cruzando montañas, gobiernos, aduanas y mil ochocientos kilómetros. Todo eso en dos días.
Evidentemente, se trataba de algo imposible. Y no es que en algún momento haya pensado que lo podíamos lograr; lo que pasa es que a uno le gusta engañarse con estas cosas, remecer la lógica instintiva con divagaciones y metas absurdas.
El problema es que, con el tiempo, resulta más difícil desligarse de esta noción realista de las cosas: uno tiende a ser más cauto a la hora de las proyecciones. Sabía que no podríamos hacer el viaje en dos días. Tal vez ni siquiera en tres. ¡Maldita sea! ¡Quizás ni siquiera lleguemos! ¿Quién mierda me puso al volante? ¿En qué wevada me estoy metiendo?
- Señor Espinoza, permítame darle un consejo legal: aumente la velocidad.
Sergio Sepúlveda no tenía miedo a la muerte. Es posible que nunca lo haya visto rechazar unas copas. A cualquier hora del día, de la noche, en cualquier lugar, esta persona está dispuesta a emborracharse y gritar lo bien que lo está pasando… al precio que sea. Prontuario policial y constantes desórdenes en la vía pública avalan este testimonio de su paso cruel por la ciudad de Valparaíso.
Por supuesto, no era un compañero adecuado para esta misión, si a seguridad se refiere. Además, probablemente es el culpable de toda esta situación. Si yo soy el loco que piensa estupideces, éste sería el imbécil que las cree posibles. Algunos lo llamarían un soñador. Puede que tenga algo de eso, pero hay que ser realmente necio para seguirme, especialmente si entrego una propuesta a las tres de la mañana, luego de beber exageradamente durante cinco horas consecutivas.
Era fin de semana, definitivamente: la algarabía sobrepasaba los límites de la racionalidad del hombre moderno. No soy capaz de entregar más detalles, excepto que estaba en el local “Fusión”, con Sergio y Sánchez, otro de los pasajeros, que se aproximaba desde el baño a la mesa.
- Acabo de vomitar, es tu turno – dijo.
Se trataba de un joven sin escrúpulos, como si tuviera todo claro en su vida, aunque nada está más lejos de ello. La bebida era lo único que lo motivaba con total entereza. Lo hacía salirse de sus cabales, escupir las ideas que tenía encerrada en su cabeza por miedo a la incomprensión. Y a veces nadie entendía, pero le daba lo mismo.
De hecho me había dicho algo, pero me fue difícil descifrarlo. Habla muy rápido, como si su lengua no tuviera el dinamismo de sus pensamientos, de sus viajes a sitios inexplorados por la razón humana, de sus experimentos con simios y planes para la conquista del orbe. Siempre habla de primates, es un tema que le intriga.
- ¿Cuánto por el mono? ¡Maldita sea, dame un precio!
Gustábamos de reproducir escenas de “Pánico y Locura en Las Vegas”: Sánchez trataba de convencer, interpretando a Raoul Duke, a su amigo de venderle un chimpancé. Sergio encarnaba a Doctor Gonzo, el abogado.
Se trataba de una actuación que con frecuencia traspasaba el límite –delgado- entre la ficción y la realidad. Sergio no sólo nos prestaba, sin tener el más puto conocimiento de las leyes, asesoría legal a cada una de sus amistades, sino que se comportaba como un cretino a la primera oportunidad de hacer locuras que los tragos, sus amigos y la bohemia le permitían.
De hecho, habíamos pasado a lo menos unos tres meses bebiendo todos los martes en mi casa, con las nefastas consecuencias que esto implicaba. Sin ahondar en ello, me parecían que existían razones suficientes para abortar la misión.
Pero no lo hice en aquélla ocasión, cuando todo surgió desde el fondo de unas cervezas, desde el fondo de nuestras almas juveniles, perdidas en la búsqueda de nuevas sensaciones, presas del olfato por explorar límites.
Y ahora estoy en la ruta, enfrentando un camino por donde nunca había pasado antes. Una sensación indescifrable, misteriosa, pero de absoluta inquietud. Nada de lo que está delante es preciso, aprehensible. El asunto no era cómo me había metido en esto, sino cómo llevarlo a cabo sin dificultades.
Llegamos a la rotonda de Con Cón, por donde había pasado en innumerables ocasiones. Pero esta vez tomé el camino hacia en interior, hacia la montaña, hacia el destino que se nos tenía preparado: morir nefastamente por una torpe maniobra al tratar de adelantar un lento tractor.
